Siete años después, la frontera sigue cargando la herida del ataque en El Paso

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El 3 de agosto de 2019, un hombre armado asesinó a 23 personas dentro de un Walmart. No fue un hecho aislado ni una tragedia inexplicable: fue un ataque de odio dirigido contra la comunidad hispana.

El 3 de agosto de 2019, la frontera dejó de sentirse segura.

Aquella mañana, familias de Ciudad Juárez cruzaron a El Paso para comprar alimentos, ropa o artículos para el hogar, como ocurre todos los fines de semana en una comunidad que vive de ambos lados del río.

Dentro de un Walmart, un hombre armado convirtió esa rutina en una masacre.

El saldo fue de 23 personas asesinadas, entre ellas habitantes de Ciudad Juárez. El objetivo no fue elegido al azar: el agresor buscó un establecimiento frecuentado por familias mexicanas e hispanas.

Siete años después, el dolor permanece.

No fue solamente una tragedia de El Paso

Para entender la dimensión del ataque es necesario comprender que Ciudad Juárez y El Paso no son dos comunidades completamente separadas.

Miles de personas cruzan diariamente para trabajar, estudiar, visitar familiares, recibir atención médica o realizar compras. Hay hogares divididos por una línea internacional, pero unidos por apellidos, amistades y décadas de convivencia.

Por eso, las detonaciones dentro del Walmart resonaron también en Juárez.

La masacre rompió la sensación de normalidad de una región acostumbrada a vivir entre dos países. Recordó que ninguna frontera física puede proteger a una comunidad cuando el odio ya consiguió instalarse en el discurso público.

El odio no aparece de un día para otro

Los crímenes de odio no comienzan cuando alguien toma un arma.

Empiezan mucho antes, cuando se presenta a los migrantes como invasores, cuando se culpa a una comunidad entera de los problemas económicos o cuando la identidad de una persona se utiliza para convertirla en enemiga.

Primero llegan las palabras.

Después, la deshumanización.

Finalmente, aparece quien interpreta esos discursos como una autorización para atacar.

El agresor del Walmart no buscaba solamente provocar víctimas. Pretendía sembrar miedo entre quienes hablan español, tienen raíces mexicanas o simplemente forman parte de la comunidad hispana.

Una herida que no ha cerrado

Cada aniversario obliga a regresar a aquella mañana y a recordar que las víctimas no fueron números dentro de una estadística.

Eran madres, padres, hijos, trabajadores, estudiantes y adultos mayores. Personas que salieron de casa pensando que regresarían después de hacer sus compras.

Algunas nunca volvieron.

Sus familias tuvieron que enfrentar el duelo, los procesos judiciales y la exposición pública de una tragedia que cambió para siempre la manera en que la frontera entiende su propia vulnerabilidad.

El tiempo ha avanzado, pero siete años no han sido suficientes para borrar el miedo ni la indignación.

Recordar también exige responsabilidad

Las ceremonias, memoriales y mensajes de solidaridad son necesarios, pero no bastan.

Recordar a las víctimas también implica rechazar las narrativas que convierten a grupos enteros en amenazas. Exige señalar a quienes utilizan el miedo racial, cultural o migratorio como herramienta política.

El odio no puede normalizarse como una simple opinión.

Cuando una comunidad es descrita constantemente como inferior, peligrosa o invasora, la violencia deja de parecer imposible.

La frontera aprendió esa lección de la forma más dolorosa.

Juárez y El Paso permanecen unidas

El ataque intentó dividir a la comunidad y sembrar temor entre mexicanos y estadounidenses. La respuesta de la región mostró lo contrario.

Ciudad Juárez y El Paso compartieron el duelo, acompañaron a las familias y defendieron una relación binacional construida durante generaciones.

Siete años después, la memoria de las 23 víctimas continúa recordando que esta frontera no solamente comparte comercio y territorio.

También comparte heridas.

La masacre del Walmart no fue producto de la casualidad. Fue la consecuencia extrema de un discurso que convirtió a la comunidad hispana en objetivo.

Las balas se dispararon el 3 de agosto de 2019, pero el odio había comenzado a cargarlas mucho antes.

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