En política, cuando un partido concentra todo el poder, el mayor riesgo no viene de afuera, sino de adentro. Eso lo vivimos en México en los noventa con el PRI, cuando las pugnas internas terminaron en tragedias políticas que marcaron al país. Y hoy, Morena parece caminar en la misma ruta: los pleitos entre sus propias tribus se están convirtiendo en su mayor amenaza.
El caso más evidente es el de Adán Augusto López y la famosa “barredora”, que más que una estrategia política suena a vendetta interna. Este choque refleja cómo dentro de Morena se está gestando una disputa más cruda que cualquier crítica de la oposición. Y es lógico: cuando controlas la presidencia, el Congreso, la mayoría de los gobiernos estatales y el presupuesto federal, el verdadero botín está en la definición de candidaturas, puestos y presupuestos.
La oposición juega un papel secundario, apenas sobrevive en el ring. El verdadero drama se cocina en los pasillos de Palacio Nacional y en los acuerdos entre gobernadores, senadores y grupos locales. Y aquí está el gran reto: cómo evitar que la lucha por el poder destruya al partido desde adentro.
La historia del PRI es un espejo incómodo: en su época dorada, nadie podía derrotarlo… excepto él mismo. Morena tiene hoy el mismo dilema: seguir siendo el partido hegemónico o abrir la puerta a que sus pleitos internos lo desgasten hasta el colapso.
Lo que estamos viendo con Adán Augusto no es un hecho aislado. Es apenas el inicio de una serie de choques internos que, conforme se acerquen las sucesiones estatales y federales, se harán más visibles y más agresivos. Morena no necesita un enemigo externo: su mayor reto está en casa.
